En las redes sociales circula un video, donde se observa cómo un robot propina una patada de kung-fu a un niño que presenciaba un espectáculo. Conviene verlo varias veces para percatarse de que en el audio suena una música festiva de fondo e, incluso, de que la agresión a la infantil víctima genera alguna que otra risa. El «inocente» robot no tiene conciencia alguna del daño que su actividad, sin duda, ha causado al niño. En efecto, ningún robot tiene la menor idea del daño que puede infligir a cualquier forma de vida. Por cierto, hace unos meses navegaba por las redes otro video en el que se presentaban varios robots haciendo kung-fu, incluso con largas espadas. ¡Un asunto lúdico-festivo! ¿Usted cree eso? No es ninguna broma lo que se está desarrollando en las industrias denominadas Deep Tech (tecnología profunda), las cuales están totalmente fuera de cointrol y ausentes de regulación legal. Su verdadero nombre debería ser «tecnologías oscuras»: las Dark Tech o Dark Technology, tecnologías maliciosas; los Dark Patterns o patrones oscuros; o las Black Tech, término utilizado más específicamente para los ámbitos militares secretos. ¿Cómo es posible que todo este mundo tecnológico malicioso se desarrolle a espaldas del interés general de la humanidad? Desde mediados del siglo pasado, los avances científicos han estado patrocinados, promovidos y financiados por empresas privadas. Los Estados han permitido que se les escape el control de casi cualquier avance científico. Con la privatización del conocimiento y la «libre empresa» aplicada a la obtención de poder y más poder, la humanidad ha quedado totalmente a merced de los caprichos de voluntades asesinas y depredadoras. Podrían parecer apocalípticas estas afirmaciones, pero los caminos de estas oscuras tecnologías conducen a la destrucción de cualquier sistema de valores que ponga la vida humana como un principio irrenunciable. Por ello, debe preocupar a la humanidad esta endiablada carrera hacia la nada. La tecnología, en cualquiera de sus formas, tiene que estar al servicio del ser humano. Los desarrollos en el campo de la inteligencia artificial o la robótica - que se están implementando hasta el paroxismo - se encuentran fuera del imprescindible control ético. No son pocas las mentes que defienden el Imperativo Tecnológico: «Si algo es técnicamente posible, tarde o temprano se hará» o, llevado al extremo ético, «todo lo que puede ser fabricado o hecho, está legitimado para ser hecho». Ya en 1954 se alzaron voces alertando de este peligro, como la de Jacques Ellul en su obra La edad de la técnica. Dos años más tarde, en 1956, Günther Anders, en su libro La obsolescencia del hombre, analizaba a través del concepto de «la vergüenza prometeica» cómo la tecnología provocaba en los seres humanos un sentimiento de inferioridad e imperfección ante la máquina. Posteriormente, en 1979, Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, exponía cómo la humanidad había roto un principio esencial para nuestra supervivencia, ya que nuestra capacidad para fabricar cosas supera por completo la capacidad de prever o comprender sus consecuencias. La tesis esencial de estos y otros pensadores y científicos es que nunca se debe desligar la capacidad tecnológica de la responsabilidad moral. ¿No convendría hacer un alto en esta loca carrera de producir sin valorar sosegadamente las consecuencias sobre el presente y el futuro de la humanidad? Un sistema de producción capitalista que, en esencia, está imposibilitado para percibir el interés general de las personas, es incapaz de detenerse en su irrefrenable marcha hacia la concentración de poder. Al igual que a un niño de corta edad no se le puede dejar jugar con fuego, ni permitir que se arroje por una ventana o un balcón, al sistema hay que ponerle barreras e impedirle que «juegue con fuego». Esto se consigue mediante el control social de las patentes y de las tecnologías en su conjunto. El siguiente paso consiste en mantener fuera de la ley cualquier desarrollo tecnológico que no esté validado y supervisado por comités que garanticen su ajuste a la ética humana. La acción violenta del robot sobre el niño al cual nos referimos al inicio, sería impensable si en la programación de la máquina se hubieran implementado las tres leyes de la robótica, formuladas por primera vez en 1942 por Isaac Asimov. La primera y principal dicta: «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño». Sin embargo, no parece que legalmente esté previsto obligar a su implantación. Los desarrollos actuales se enfocan únicamente en regular las relaciones entre los creadores, fabricantes y usuarios de estas tecnologías; de hecho, aún no se ha completado el imprescindible «Derecho de la Robótica». Parece ser que la Unión Europea precede mundialmente esta regulación con la Ley de Inteligencia Artificial, que entró en vigor en agosto del 2024. Aunque esta normativa no regula a los «robots» físicos como tal, clasifica las tecnologías por los niveles de riesgo que pueden presentar: inaceptable, alto, limitado o bajo. Aun así, dado que los legisladores no parecen dispuestos a implementar sistemas preventivos estrictos previos a la comercialización, se limitan a establecer responsabilidades a posteriori para los fabricantes y la obligatoriedad de contratar seguros. El análisis de los procesos seguidos en la Unión Europea muestra una peligrosa tendencia a regular lo que ni siquiera debiera existir. En el 2017, el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre normas de Derecho civil sobre robótica. En este documento se sugería a la Comisión Europea explorar la creación, a largo plazo, de una «personalidad electrónica» para los robots autónomos y los sistemas de IA más sofisticados. Afortunadamente, en abril de 2018, más de 150 expertos mundiales en inteligencia artificial, robótica, derecho y ética enviaron una carta abierta a la Comisión Europea oponiéndose tajantemente a esa irracional propuesta. Se basaron en dos argumentos: 1.- Los políticos tenían una visión distorsionada de la IA, influenciada por la ciencia ficción y alejada de la realidad tecnológica de la época; 2. Pretender otorgar personalidad jurídica a una máquina permitiría a los fabricantes e ingenieros «lavarse las manos» ante cualquier fallo. A la vista de lo expuesto, parece prudente que cualquier producción tecnológica, ya sea de inteligencia artificial o de robótica, deba estar sujeta desde su primera formulación - y antes de cualquier proceso de producción y comercialización - a un estricto control social y público. Más de una de las grandes corporaciones multinacionales que controlan el mercado mundial se opondría; pero la salvaguarda de la seguridad de la humanidad está muy por encima de los intereses privados. Es más, ¿les hace falta para vivir a los miles de millones de seres humanos un robot más o menos? Lo más preocupante es que quienes son elegidos por los pueblos no acaban de asumir que - siempre, pero más aún en el ámbito de estas tecnologías maliciosas y oscuras - la máxima latina «In dubio, abstine» (ante la duda, abstente) debe aplicarse urgentemente.