En las redes sociales circula un video, donde se observa cómo un robot propina una patada de kung-fu a un niño que presenciaba un espectáculo. Conviene verlo varias veces para percatarse de que en el audio suena una música festiva de fondo e, incluso, de que la agresión a la infantil víctima genera alguna que otra risa. El «inocente» robot no tiene conciencia alguna del daño que su actividad, sin duda, ha causado al niño. En efecto, ningún robot tiene la menor idea del daño que puede infligir a cualquier forma de vida. Por cierto, hace unos meses navegaba por las redes otro video en el que se presentaban varios robots haciendo kung-fu, incluso con largas espadas. ¡Un asunto lúdico-festivo! ¿Usted cree eso? No es ninguna broma lo que se está desarrollando en las industrias denominadas Deep Tech (tecnología profunda), las cuales están totalmente fuera de cointrol y ausentes de regulación legal. Su verdadero nombre debería ser «tecnologías oscuras»: las Dark Tech o Dark Technology, tecnologías maliciosas; los Dark Patterns o patrones oscuros; o las Black Tech, término utilizado más específicamente para los ámbitos militares secretos. ¿Cómo es posible que todo este mundo tecnológico malicioso se desarrolle a espaldas del interés general de la humanidad? Desde mediados del siglo pasado, los avances científicos han estado patrocinados, promovidos y financiados por empresas privadas. Los Estados han permitido que se les escape el control de casi cualquier avance científico. Con la privatización del conocimiento y la «libre empresa» aplicada a la obtención de poder y más poder, la humanidad ha quedado totalmente a merced de los caprichos de voluntades asesinas y depredadoras. Podrían parecer apocalípticas estas afirmaciones, pero los caminos de estas oscuras tecnologías conducen a la destrucción de cualquier sistema de valores que ponga la vida humana como un principio irrenunciable. Por ello, debe preocupar a la humanidad esta endiablada carrera hacia la nada. La tecnología, en cualquiera de sus formas, tiene que estar al servicio del ser humano. Los desarrollos en el campo de la inteligencia artificial o la robótica - que se están implementando hasta el paroxismo - se encuentran fuera del imprescindible control ético. No son pocas las mentes que defienden el Imperativo Tecnológico: «Si algo es técnicamente posible, tarde o temprano se hará» o, llevado al extremo ético, «todo lo que puede ser fabricado o hecho, está legitimado para ser hecho». Ya en 1954 se alzaron voces alertando de este peligro, como la de Jacques Ellul en su obra La edad de la técnica. Dos años más tarde, en 1956, Günther Anders, en su libro La obsolescencia del hombre, analizaba a través del concepto de «la vergüenza prometeica» cómo la tecnología provocaba en los seres humanos un sentimiento de inferioridad e imperfección ante la máquina. Posteriormente, en 1979, Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, exponía cómo la humanidad había roto un principio esencial para nuestra supervivencia, ya que nuestra capacidad para fabricar cosas supera por completo la capacidad de prever o comprender sus consecuencias. La tesis esencial de estos y otros pensadores y científicos es que nunca se debe desligar la capacidad tecnológica de la responsabilidad moral. ¿No convendría hacer un alto en esta loca carrera de producir sin valorar sosegadamente las consecuencias sobre el presente y el futuro de la humanidad? Un sistema de producción capitalista que, en esencia, está imposibilitado para percibir el interés general de las personas, es incapaz de detenerse en su irrefrenable marcha hacia la concentración de poder. Al igual que a un niño de corta edad no se le puede dejar jugar con fuego, ni permitir que se arroje por una ventana o un balcón, al sistema hay que ponerle barreras e impedirle que «juegue con fuego». Esto se consigue mediante el control social de las patentes y de las tecnologías en su conjunto. El siguiente paso consiste en mantener fuera de la ley cualquier desarrollo tecnológico que no esté validado y supervisado por comités que garanticen su ajuste a la ética humana. La acción violenta del robot sobre el niño al cual nos referimos al inicio, sería impensable si en la programación de la máquina se hubieran implementado las tres leyes de la robótica, formuladas por primera vez en 1942 por Isaac Asimov. La primera y principal dicta: «Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño». Sin embargo, no parece que legalmente esté previsto obligar a su implantación. Los desarrollos actuales se enfocan únicamente en regular las relaciones entre los creadores, fabricantes y usuarios de estas tecnologías; de hecho, aún no se ha completado el imprescindible «Derecho de la Robótica». Parece ser que la Unión Europea precede mundialmente esta regulación con la Ley de Inteligencia Artificial, que entró en vigor en agosto del 2024. Aunque esta normativa no regula a los «robots» físicos como tal, clasifica las tecnologías por los niveles de riesgo que pueden presentar: inaceptable, alto, limitado o bajo. Aun así, dado que los legisladores no parecen dispuestos a implementar sistemas preventivos estrictos previos a la comercialización, se limitan a establecer responsabilidades a posteriori para los fabricantes y la obligatoriedad de contratar seguros. El análisis de los procesos seguidos en la Unión Europea muestra una peligrosa tendencia a regular lo que ni siquiera debiera existir. En el 2017, el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre normas de Derecho civil sobre robótica. En este documento se sugería a la Comisión Europea explorar la creación, a largo plazo, de una «personalidad electrónica» para los robots autónomos y los sistemas de IA más sofisticados. Afortunadamente, en abril de 2018, más de 150 expertos mundiales en inteligencia artificial, robótica, derecho y ética enviaron una carta abierta a la Comisión Europea oponiéndose tajantemente a esa irracional propuesta. Se basaron en dos argumentos: 1.- Los políticos tenían una visión distorsionada de la IA, influenciada por la ciencia ficción y alejada de la realidad tecnológica de la época; 2. Pretender otorgar personalidad jurídica a una máquina permitiría a los fabricantes e ingenieros «lavarse las manos» ante cualquier fallo. A la vista de lo expuesto, parece prudente que cualquier producción tecnológica, ya sea de inteligencia artificial o de robótica, deba estar sujeta desde su primera formulación - y antes de cualquier proceso de producción y comercialización - a un estricto control social y público. Más de una de las grandes corporaciones multinacionales que controlan el mercado mundial se opondría; pero la salvaguarda de la seguridad de la humanidad está muy por encima de los intereses privados. Es más, ¿les hace falta para vivir a los miles de millones de seres humanos un robot más o menos? Lo más preocupante es que quienes son elegidos por los pueblos no acaban de asumir que - siempre, pero más aún en el ámbito de estas tecnologías maliciosas y oscuras - la máxima latina «In dubio, abstine» (ante la duda, abstente) debe aplicarse urgentemente.
Como sabéis, el fútbol admite márgenes mínimos de error: una acción en una fracción de segundo, un rebote o una decisión arbitral pueden alterar un partido y frustrar cualquier pronóstico. Aun así, en pleno Mundial del 2026 que se inició el pasado jueves, los modelos de datos y la inteligencia artificial volvieron a ganar espacio en el análisis de candidatos al título. Con ese marco, se consultó a Gemini, la IA de Google, para identificar qué selección concentra mejores probabilidades en proyecciones matemáticas. La respuesta no señaló un ganador único, pero sí una tendencia: España, Argentina e Inglaterra aparecen - en ese orden - entre las selecciones más favorecidas en distintos enfoques. Una de las referencias más difundidas en este tipo de pronósticos es la simulación vinculada a EA Sports FC, que trabaja con datos de Opta, una empresa especializada en estadísticas deportivas. Este enfoque acertó al campeón de los últimos cuatro mundiales: España (2010), Alemania (2014), Francia (2018) y Argentina (2022). Para este año, esa simulación ubicó a España como principal candidata. La proyección atribuyó ese lugar a variables de rendimiento y patrones de juego, con foco en la continuidad táctica bajo la conducción de Luis de la Fuente y la evolución de futbolistas jóvenes; Otra metodología citada es la del estratega financiero alemán Joachim Klement, que cruza variables socioeconómicas con resultados deportivos. Su modelo acertó los campeones de 2014, 2018 y 2022, y no se limita a rankings o estado de forma: incorpora indicadores como PIB per cápita, densidad de población y factores de tradición y localía histórica. En su pronóstico para el Mundial 2026, Klement proyectó un campeón inédito: Holanda, con Portugal como finalista. También planteó que selecciones como Argentina y Brasil podrían quedar fuera en rondas de eliminación directa por desgaste y cruces desfavorables, según los parámetros de su modelo. Como sabéis, el Mundial 2026 introduce un ecosistema de ‘caos controlado’ que ningún modelo matemático ha procesado antes: el formato expandido de 48 equipos y una nueva ronda de dieciseisavos de final. Esta modificación estira el camino al título a ocho partidos, aumentando exponencialmente el margen de error y el desgaste físico, según Gemini. Variables críticas como las lesiones de última hora debido al saturado calendario internacional, las extremas variaciones climáticas y logísticas entre las sedes de Estados Unidos, Méjico y Canadá, y el impacto psicológico de las tandas de penales escapan a la rigidez de cualquier ecuación. Sin embargo, incluso los sistemas más avanzados tienen limitaciones. La inteligencia artificial puede analizar datos y tendencias, pero no factores humanos como la química dentro del vestidor, el liderazgo, la presión de una eliminatoria o el estado emocional de los futbolistas. El veredicto final nos invita a abrazar la dualidad: utilizar la estadística avanzada para enriquecer el debate, estructurar los análisis previos y entender las tendencias del juego, pero manteniendo siempre viva la certeza de que, una vez que el árbitro pite el inicio, la historia la escribirán seres humanos empujando sus límites más allá de lo que cualquier algoritmo pueda prever.
La inteligencia artificial (IA) no es solo un software capaz de mantener conversaciones en lenguaje natural, generar imágenes hiperrealistas o analizar extensos documentos en cuestión de segundos. Esta tecnología y su creciente uso cotidiano se han convertido en un desafío energético con posibles implicaciones geopolíticas, económicas y sociales para las que pocos países están preparados. Esta es una de las principales conclusiones del informe ‘Costo ambiental del uso de energía de la IA: huella de carbono, agua y suelo’, elaborado por el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH). El documento señala que los centros de datos que impulsan la IA podrían consumir alrededor de 945 teravatios-hora de electricidad hacia principios de la próxima década, una cifra equivalente a casi el 3% del consumo mundial proyectado de energía eléctrica y aproximadamente el doble de la electricidad utilizada por Francia durante el 2025. La creciente demanda energética de la infraestructura física que sostiene a la IA, compuesta por centros de datos con sistemas de refrigeración, redes eléctricas y hardware especializado, implica además un costo ambiental que, según los especialistas, no puede medirse únicamente a partir de las emisiones de dióxido de carbono (CO2). También es necesario prestar atención al acelerado uso del suelo y a la creciente demanda de recursos hídricos. El informe de la UNU-INWEH advierte que, hacia comienzos de la próxima década, la huella hídrica de estas instalaciones podría ser equivalente a las necesidades básicas anuales de agua potable de los 1,300 millones de habitantes del África subsahariana. Además, los complejos tecnológicos abarcarían una superficie superior a los 14,500 kilómetros cuadrados, una extensión cercana al doble del área metropolitana de Yakarta, Indonesia, donde viven más de 32 millones de personas. A ello se suma una proyección de emisiones de CO2 que podría alcanzar los 400 millones de toneladas durante los próximos cuatro años. La magnitud de esta cifra sería comparable a las emisiones anuales totales generadas por el Reino Unido. Kaveh Madani, director de UNU-INWEH y líder del equipo de investigación, reconoce que la IA está mejorando la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, subraya la necesidad de utilizar esta tecnología de forma responsable y de abordar de manera anticipada sus impactos no deseados para garantizar que su desarrollo sea sostenible y equitativo. “Tenemos un plazo limitado para asegurar que la base de la revolución tecnológica de nuestra era se desarrolle dentro de los límites planetarios, y que las comunidades que proporcionan los minerales esenciales para el avance de la IA, así como las que albergan su infraestructura y gestionan los residuos electrónicos, también se beneficien de ella”, señala el especialista. Uno de los principales ejes del reporte es la elevada demanda de electricidad asociada tanto al entrenamiento como a la operación de los sistemas de IA, así como las limitaciones de las metodologías utilizadas para medir los impactos ambientales derivados de este consumo. Los investigadores estiman que, durante el año pasado, los centros de datos de todo el mundo consumieron cerca de 448 teravatios-hora de electricidad. Si el conjunto de estas instalaciones se considerara un país, ocuparía el undécimo lugar entre los mayores consumidores de energía eléctrica del planeta. Históricamente, esta carga energética se ha atribuido principalmente al entrenamiento de los modelos más avanzados, cuyo consumo aumenta conforme crecen su complejidad y capacidad. Como ejemplo, el entrenamiento de GPT-3 requirió alrededor de 1.3 gigavatios-hora (GWh) de electricidad, mientras que GPT-4 necesitó entre 50 y 70 GWh para completar ese mismo proceso, según estimaciones indicadas en el informe. No obstante, los autores destacan que la mayor carga energética no proviene del entrenamiento, sino de la ejecución constante de los modelos para responder a las consultas diarias de millones de usuarios. De acuerdo con sus hallazgos, este proceso, conocido como inferencia, representa entre el 80 y el 90% del consumo energético total asociado a la IA. En términos prácticos, esto significa que las aproximadamente 2,500 millones de consultas diarias procesadas por ChatGPT equivalen a unos 383 GWh de electricidad al año. Según el informe, compensar las emisiones de CO2 relacionadas con esta actividad requeriría plantar alrededor de 2.6 millones de árboles y garantizar su supervivencia durante más de una década. Asimismo, se estima que la huella hídrica asociada equivale a las necesidades mínimas anuales de agua potable de cerca de 500,000 personas en el África subsahariana, mientras que la superficie terrestre requerida sería comparable a la ocupada por más de 800 campos de futbol. Frente a estos datos, los investigadores sostienen que evaluar el impacto ambiental de la IA únicamente a partir de las emisiones de carbono resulta insuficiente e incluso engañoso. Explican que las estrategias destinadas a compensar las huellas de carbono, agua y suelo suelen producir resultados muy distintos entre sí. Como ejemplo, señalan que sustituir combustibles fósiles por bioenergía puede reducir en aproximadamente un 70% las emisiones de CO2 asociadas al consumo eléctrico. Sin embargo, esta medida incrementaría la huella hídrica en más de 30 veces y la huella territorial en cerca de 100 veces. “Nos sorprendió la frecuencia con la que las opciones que parecen más ecológicas desde la perspectiva del carbono terminan siendo peores para el agua o la tierra. Si seguimos juzgando la sostenibilidad de la IA únicamente en función del carbono, podríamos pensar que las energías renovables hacen que la infraestructura de IA sea limpia, pero eso resuelve un problema a la vez que crea otros, a menudo en lugares donde no se solicitan”, afirmó Miriam Aczel, investigadora de UNU-INWEH y autora principal del informe. Otro aspecto relevante es la distribución geográfica desigual de la capacidad computacional necesaria para desarrollar y operar sistemas de IA. El informe indica que únicamente 32 países albergan centros de datos especializados en esta tecnología. De esa infraestructura global, alrededor del 90% se concentra en solo dos naciones: China y Estados Unidos. Ambos países han adoptado medidas para asegurar el suministro energético que requiere el desarrollo de la IA, aunque mediante estrategias muy diferentes. Mientras Estados Unidos ha reducido parte de sus inversiones y propuestas vinculadas a la transición energética, China busca disminuir su dependencia de los combustibles fósiles tanto para cumplir sus objetivos ambientales como para reducir la dependencia de proveedores externos. En este contexto, destaca la búsqueda de autosuficiencia energética impulsada por el gobierno chino. Como principal consumidor de energía del mundo, el país explora alternativas que van desde el aprovechamiento de nuevos materiales, como el torio y el bismuto, hasta la expansión masiva de las energías renovables y la generación nuclear. El año pasado entró en vigor en China la nueva Ley de la Energía, que prioriza el desarrollo de fuentes renovables e hidrógeno con el objetivo de reducir la dependencia de los combustibles fósiles y fortalecer la seguridad energética nacional. La legislación también obliga a las autoridades a establecer metas mínimas de consumo de energía proveniente de fuentes limpias. De manera paralela, el país impulsó una profunda reforma de su mercado eléctrico. A partir de junio de 2025, toda la energía solar y eólica deberá comercializarse mediante mecanismos de mercado o subastas, eliminando gradualmente las antiguas tarifas reguladas. Estas medidas, junto con incentivos financieros y la eliminación progresiva de subsidios heredados del pasado, buscan estimular la inversión nacional en energías limpias y optimizar el funcionamiento del sistema energético. La transición energética de China no constituye únicamente una política ambiental, sino también una estrategia geopolítica y económica de largo plazo. Sin embargo, el informe de la UNU-INWEH advierte que este proceso no garantiza por sí mismo la sostenibilidad ambiental del país. El documento explica que, en naciones donde la generación eléctrica depende en gran medida de combustibles fósiles, como Estados Unidos, el impacto en emisiones de carbono es considerablemente mayor. En contraste, en sistemas energéticos con una mayor proporción de energías renovables, como el chino, disminuye la huella de carbono, aunque pueden incrementarse otros impactos relacionados con el consumo de agua y la ocupación del suelo. Esta situación ha intensificado una nueva competencia por las cadenas de suministro de minerales críticos utilizados en chips, baterías y hardware para IA. Según el informe, la disputa geopolítica por materiales como litio, cobalto, galio y tierras raras está reconfigurando las cadenas globales de suministro y trasladando parte de las presiones ambientales hacia los países productores de materias primas, especialmente aquellos ubicados en el Sur Global. “El sistema global que desarrolla la inteligencia artificial también debe gobernarla de forma sostenible y justa. El desarrollo concentrado de la infraestructura de IA en las zonas privilegiadas del mundo está creando una gran brecha digital que plantea profundos desafíos para el desarrollo equitativo de la IA. La IA sin duda puede impulsar la prosperidad y el bienestar humano. Si lo hace de forma equitativa es ahora una cuestión de gobernanza, no técnica”, señaló Tshilidzi Marwala, rector de la UNU y subsecretario general de las Naciones Unidas. A medida que la adopción de la IA continúa expandiéndose, su creciente demanda de electricidad amenaza con convertirse en uno de los factores más importantes detrás del aumento del consumo energético mundial durante la próxima década. Esto tendría implicaciones directas para los objetivos climáticos y de sostenibilidad, así como consecuencias económicas, geopolíticas y sociales de gran alcance.
La gran pregunta de nuestra época quizá ya no sea si las máquinas llegarán a pensar como nosotros. La verdadera cuestión es otra: si nosotros seguiremos comprendiendo qué significa ser humanos. Al respecto, la reciente encíclica Magnifica Humanitas de León XIV ha sido presentada, con razón, como el gran documento del Magisterio sobre inteligencia artificial. Sin embargo, una lectura más atenta permite descubrir algo todavía más profundo: el verdadero centro del texto no es la tecnología, sino la pregunta antropológica que se esconde detrás de ella. La cuestión decisiva de la encíclica no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué idea de humanidad estamos comenzando a asumir en una cultura dominada por la lógica tecnológica. Y precisamente ahí emerge una de las intuiciones más originales y provocadoras del documento: la rehabilitación filosófica y espiritual de la vulnerabilidad humana. Porque el problema de nuestra época quizá no sea solamente que la técnica pueda deshumanizarnos. El problema más profundo es que empezamos a considerar la humanidad misma ‒al menos en su dimensión vulnerable‒ como algo que debería ser superado. Buena parte de la cultura contemporánea interpreta el límite como un fallo. La enfermedad, el sufrimiento, la ancianidad, la dependencia o la fragilidad aparecen fácilmente como realidades negativas que deben ser corregidas cuanto antes. No es casual que hoy vivamos rodeados de lenguajes obsesionados con la optimización permanente: mejorar el rendimiento, maximizar la eficiencia, eliminar la vulnerabilidad, controlar el propio cuerpo, evitar cualquier forma de dependencia. Incluso el cansancio cotidiano parece haberse convertido en algo casi moralmente sospechoso. En ese contexto, la técnica se presenta como promesa de liberación: más control sobre la propia vida y destino, más eficiencia para nuestro trabajo, más autonomía para nuestros deseos, menos necesidad de los demás. El horizonte cultural dominante parece empujarnos hacia una humanidad cada vez menos vulnerable. Por eso resulta tan significativa esta afirmación de Magnifica Humanitas: “Todo lo que representa un ‘límite’ - incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad - tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (Magnifica Humanitas, n. 118). Estas palabras contienen una auténtica crítica antropológica de la modernidad tardía. Porque la encíclica no se limita a pedir cuidado para los vulnerables. Tampoco presenta la fragilidad únicamente como un problema moral que exige compasión. Va mucho más lejos: afirma que el límite puede ser un lugar de verdad sobre el ser humano. Y esto cambia completamente nuestra visión sobre la vulnerabilidad. Durante siglos, gran parte del pensamiento moderno ha identificado la plenitud humana con la autosuficiencia. El ideal dominante ha sido el individuo autónomo, capaz de construirse a sí mismo sin depender radicalmente de otros. La inteligencia artificial y el imaginario transhumanista parecen radicalizar esta lógica. El cuerpo aparece como algo optimizable, la dependencia se muestra como una deficiencia, y la fragilidad es vista como una limitación que la técnica acabará neutralizando. Sin embargo, Magnifica Humanitas propone una antropología distinta. El ser humano no es plenamente humano cuando deja de necesitar a los demás, sino precisamente cuando reconoce que su vida está tejida de relaciones, cuidados y dependencias mutuas. En uno de los pasajes más importantes del documento, León XIV advierte contra: “el riesgo de la deshumanización ‒construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio‒” (Magnifica Humanitas, n. 10). La frase es especialmente lúcida porque identifica el verdadero peligro del paradigma tecnocrático: no sólo producir máquinas más poderosas, sino terminar interpretando al ser humano desde criterios puramente funcionales. Y esto viene ocurriendo cada día sin darnos cuenta de ello. Cuando la eficiencia se convierte en el valor dominante, inevitablemente algunas vidas comienzan a parecer menos valiosas. Se pone en duda el lugar mismo de quienes son improductivos, dependientes, ancianos o frágiles, de quienes no responden a la lógica del rendimiento. Poco a poco, la vulnerabilidad deja de ser una experiencia humana compartida para convertirse en algo que debe ocultarse, minimizarse o incluso eliminarse. El problema ya no es sólo tecnológico. Es cultural y profundamente espiritual. La técnica contemporánea no quiere únicamente ayudarnos a vivir mejor, comienza también a redefinir, poco a poco, qué significa vivir humanamente. Toda la encíclica está estructurada sobre una gran oposición simbólica: Babel y Jerusalén. Babel representa la pretensión de autosuficiencia, el sueño de una humanidad que quiere alcanzar el cielo mediante su propio poder. Una civilización fascinada por la uniformidad, el dominio y el control: una clausura en el deseo de poder que termina volviendo todo manipulable. Jerusalén, en cambio, simboliza algo muy distinto: una comunidad que se reconstruye desde la cooperación, la responsabilidad compartida y el reconocimiento del propio límite, una apertura a la trascendencia del amor que conduce hacia Dios. Por eso resulta tan significativa la imagen de Nehemías reconstruyendo la ciudad. León XIV subraya que no impone soluciones desde arriba, sino que convoca a todos, escucha, coordina esfuerzos y hace posible una obra común. La verdadera reconstrucción humana no nace del poder absoluto, sino de la interdependencia reconocida. Y quizá aquí aparece una de las intuiciones más profundas de la encíclica: el gran desafío contemporáneo no consiste en elegir entre tecnología o antitecnología. La verdadera elección es otra: construir una nueva Babel tecnocrática o reconstruir Jerusalén, es decir, una convivencia humana capaz de reconocer el valor del límite, del cuidado mutuo y de la apertura a una verdad que trasciende al propio ser humano. Quizá aquí se encuentre la aportación más provocadora de Magnifica Humanitas. En una cultura obsesionada con la optimización permanente, aceptar la vulnerabilidad se convierte casi en un acto de resistencia antropológica. Resistencia ante una lógica del rendimiento que mide el valor de las personas según su productividad, ante la creciente mercantilización de la vida humana, ante la ilusión de autosuficiencia absoluta que domina buena parte del imaginario contemporáneo y, finalmente, frente a una cultura que acaba interpretando toda dependencia como una forma de fracaso. La encíclica no idealiza el sufrimiento ni glorifica la precariedad. Lo que afirma es algo mucho más profundo: que la fragilidad humana puede abrir espacios de humanidad que una lógica puramente técnica nunca puede producir. Sólo quien reconoce que necesita de otros puede aprender verdaderamente la solidaridad. Sólo quien experimenta el límite descubre la importancia del cuidado. Sólo quien deja de pensarse como absolutamente autosuficiente puede abrirse a la gratuidad, la amistad y la misericordia. Por eso León XIV insiste: “Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo” (Magnifica Humanitas, n. 13). En el fondo, la encíclica recuerda algo que nuestra cultura había comenzado a olvidar: no florecemos eliminando toda dependencia, sino aprendiendo a habitar humanamente nuestra condición vulnerable. Quizá haya llegado también el momento de dejar de identificar lo peor de nosotros con aquello que llamamos “demasiado humano”, una expresión que arrastra todavía ciertos ecos reductivos de la modernidad. Con frecuencia la utilizamos para referirnos a la mezquindad, la debilidad moral o la banalidad. Y, sin embargo, la intuición más profunda de Magnifica Humanitas parece apuntar en la dirección contraria: lo más plenamente humano ‒la capacidad de cuidar, de amar, de reconocer el propio límite y abrirse al otro‒ no nos aleja de Dios, sino que puede conducir precisamente hacia Él. Por eso, el reclamo más profundo de Magnifica Humanitas aparece probablemente condensado en una de las frases más importantes del actual Magisterio social: “Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos” (Magnifica Humanitas, n. 15). La frase impresiona porque señala exactamente el problema de fondo de nuestra época. El auténtico riesgo no es únicamente que las máquinas se parezcan cada vez más a nosotros. El riesgo es que nosotros mismos terminemos aceptando una idea de humanidad cada vez más parecida a una máquina: eficiente, calculable, optimizable, incapaz de asumir el límite. Frente a ello, León XIV propone recuperar una verdad elemental y radical, afirmando que la vulnerabilidad no es una deficiencia que la técnica deba abolir, sino una dimensión constitutiva de la vida humana. Porque, aunque la realización del bien no esté necesariamente reñida con el poder en este mundo, nunca puede surgir únicamente de él, sino de una verdad más profunda sobre el ser humano: la de una vida que necesita ser cuidada, acogida y amada. Y quizá precisamente ahí ‒en la capacidad de cuidar, de depender, de sufrir con otros y de amar desde la fragilidad‒ siga habitando aquello más profundamente humano que ninguna inteligencia artificial podrá reemplazar jamás.
La inteligencia artificial que impulsa la automatización de 'bots' está transformando el panorama del tráfico de Internet, lo que se traduce en un cambio estructural que pone en riesgo los cimientos en los que se basa la navegación por la red de redes: el 53 por ciento del tráfico global ya no es humano. En efecto, el informe Bad Bot 2026 de Thales identifica tres cambios principales en el funcionamiento del tráfico de internet: el predominio de la actividad automatizada sobre la interacción humana, la aparición de los agentes de IA como una nueva categoría de tráfico en Internet, y la rápida expansión de ataques dirigidos a interfaces de programación de aplicaciones (APIs) y sistemas de identidad, como base de los negocios digitales. En el 2025, los ataques de 'bots' impulsados por IA se multiplicaron por 12,5 frente al año anterior, lo que ha supuesto un aumento desde la cifra de los 2 millones hasta los 25 millones. Por primera vez, los agentes de IA se convierten en la tercera categoría de tráfico automatizado, tras los bots 'buenos' y los 'maliciosos' tradicionales, que interactúan directamente con aplicaciones y APIs en nombre de usuarios reales para obtener datos y ejecutar tareas. Al respecto, el director regional de Ventas para Iberia en Thales Cybersecurity Products, Eutimio Fernández, señala que "estamos ante una transformación profunda del panorama de amenazas. La IA no está inventando nuevos tipos de ataques, sino potenciando los existentes a una velocidad y escala que los controles tradicionales no pueden absorber. La manera de pensar sobre la protección debe evolucionar: ya no basta con identificar si algo es un bot, hay que entender qué intención tiene y con qué sistemas críticos interactúa". El informe desvela que, en el 2025, los 'bots' representaron el 53 por ciento de todo el tráfico global de internet, mientras que el humano retrocedió hasta el 47 por ciento. Del total automatizado, el 40 por ciento correspondió a 'bots' maliciosos. Esto significa que cuatro de cada diez peticiones que reciben las aplicaciones, como serían la de los bancos, y sitios web de las organizaciones llegan de agentes con intenciones adversas. En total, Thales afirma que bloqueó 17,2 billones de peticiones de 'bots'. Las APIs, al ser las que se encargan de conectar los datos directamente sin intermediarios entre la 'app' del usuario en su móvil y el servidor del banco, se han convertido en el objetivo de los atacantes: un 27 por ciento de los ataques de 'bots' ya se dirigen a ellas. Este tipo de ataques resulta especialmente difícil de detectar. Si anteriormente la seguridad web se basaba en buscar anomalías (como si un usuario entraba 500 veces en un minuto con contraseñas distintas) para detectar un comportamiento extraño y bloquearlo, con los ataques modernos a las APIs impulsados por IA, estos han aprendido a eliminar cualquier rastro que pueda ser identificado como anomalía. Es decir, ahora los ataques parecen legítimos al usar autenticaciones válidas y solicitudes sin anomalías. El informe Bad Bot 2026 de Thales también ha identificado que el fraude en cuentas de usuario registró un crecimiento interanual del 70 por ciento, con los servicios financieros en el punto de mira (el 24% de todos los ataques de 'bots' y el 46% de incidentes se concentraron en este sector). El informe destaca, asimismo, la nueva dimensión que está tomando el tráfico de Internet: el riesgo de los agentes de IA que no se identifican como tales. Del tráfico de IA detectable en el 2025, el 85 por ciento correspondía a 'crawlers' de IA (dedicados al entrenamiento de los grandes modelos de lenguaje) y el 15 por ciento a 'fetchers' de IA (los encargados de la ejecución de tareas en respuesta a prompts del usuario). Más del 10 por ciento y el 9 por ciento, respectivamente, activaron reglas de detección de 'bots' maliciosos, lo que indica que la automatización de IA ya evoluciona a comportamientos normalmente asociados a amenazas, como se destaca en el informe. En este contexto, Thales afirma que las organizaciones deben avanzar hacia modelos de gobernanza que combinen visibilidad, aplicación de políticas y análisis de comportamiento para diferenciar entre automatización aceptable y maliciosa, ya que los métodos tradicionales de seguridad ya no resultan suficientes en un entorno donde la automatización ya está en todas partes y muchas veces legítima.
Si hay algo que ha llamado la atención durante el evento The Android Show que acaba de celebrar Google, es la nueva inteligencia e integración de Gemini en el ecosistema Android. La gran G se ha propuesto algo, y es hacer que el sistema operativo sea más sencillo a la vez que avanzado. De hecho, las novedades son sumamente futuristas: Android ahora puede hacer cosas por ti que hace años ni siquiera llegabas a imaginar. En efecto, Gemini ya no solo te responde a una pregunta, ahora se ha convertido en Gemini Intelligence y es capaz de hacer tareas complejas por ti. ¿Te suenan los agentes IA? Son esos modelos especializados en controlar sistemas operativos para poder realizar tareas que les indicas con un simple prompt. Algo muy sencillo puede ser: "Abre Google Chrome y visita la página de cnet.com". El agente ejecuta los comandos necesarios y, sin que tengas que hacer nada, ves cómo tu PC o tu móvil abre esa web. Ahora bien, esto es exactamente lo que Gemini Intelligence quiere llevar a Android este mismo verano. Comenzará por la serie Galaxy S26 y los Google Pixel 10 cuando Android 17 sea un sistema oficial, estable y disponible para todos. Y, si te estás preguntando qué puede hacer el nuevo Gemini en tu móvil Android, la respuesta es: casi cualquier cosa. La asignatura troncal de todas las novedades de Gemini está en la automatización. A partir de ahora, los móviles Android que incluyan Gemini Intelligence podrán realizar tareas de forma automática, sin que el usuario tenga que intervenir en el proceso. La IA podrá reservar vuelos por ti, buscar información en Gmail, añadir productos al carrito de la compra y ejecutar todo tipo de tareas complejas. ¿Cómo? Gemini Intelligence ya no es solo una IA a la que preguntas y responde en un chatbot: ahora tiene acceso al control del móvil, por lo que es posible pedirle que haga una tarea y esta se ejecute gracias a la inteligencia artificial. Ahí va un gran ejemplo que ha puesto Google: cuando tengas un formulario web en la pantalla, podrás activar Gemini y pedirle que lo rellene por ti. La IA buscará toda la información necesaria sobre ti en tus perfiles o Gmail, y rellenará cada dato con precisión sin que tú tengas que hacer nada más. Gemini Intelligence puede interactuar con el resto de apps, por lo que sus limitaciones son escasas. Puedes pedirle, por ejemplo, que coja tu última fotografía, la pase por Lightroom, aplique uno de tus LUTs y la guarde. También que reserve un parking a tu nombre para una fecha concreta o que haga tareas más sencillas como subir el volumen o desactivar el WiFi sin tener que tocar la pantalla. Además, todo esto también se llevará a Google Chrome, donde un nuevo botón de Gemini te permitirá sacarle todo el partido a la IA en cualquier web. Puede investigar, resumir páginas, comparar información o automatizar reservas desde el navegador para Android y sin tener que cambiar de aplicación. Para colmo, Google ha mejorado considerablemente la herramienta de 'voz a texto' de Gemini, haciendo que sea capaz de entender mucho mejor el lenguaje natural, eliminar muletillas como ehh o mmm de las frases y soportar idiomas mezclados para escribir bien ciertas palabras. Por cierto, una de las mejores cosas que hará Gemini Intelligence es personalizar los widgets de Android. El sistema ahora es tan inteligente que tiene una sección donde crear tus propios widgets con tareas completamente personalizadas. Ya no es necesario estar supeditado a las acciones de las apps instaladas: puedes crear uno para que te muestre la información que quieras o realice una acción concreta. Por ejemplo, puedes crear un widget con Gemini para que todos los días te muestre una receta alta en proteína diferente. Algo para lo que antes necesitabas una app específica que no siempre existía, y que ahora está a golpe de prompt con posibilidades casi infinitas. Por último, Google también ha mostrado cómo se verá la nueva experiencia de Gemini Intelligence, que adopta el diseño de Material 3, cuenta con nuevas animaciones, transparencias y unos colores algo diferentes para darle un toque más sofisticado a todo lo que esté relacionado con las automatizaciones y el uso de la IA en el móvil.